Montando “La Bestia” rumbo a Estados Unidos

Centroamericanos arriesgan su vida en la búsqueda de un futuro mejor.

Montando “La Bestia” rumbo a Estados Unidos

Centroamericanos arriesgan su vida en la búsqueda de un futuro mejor.

Riding La Bestia can be extremely dangerous. (Photo: IWPR)
Riding La Bestia can be extremely dangerous. (Photo: IWPR)
Each year dozens of people are badly injured riding La Bestia. (Photo: IWPR)
Each year dozens of people are badly injured riding La Bestia. (Photo: IWPR)
Migrants rest for a short while in the shade at a hostel. (Photo: IWPR)
Migrants rest for a short while in the shade at a hostel. (Photo: IWPR)
Hostels along the route of La Bestia provide a brief respite form an arduous journey. (Photo: IWPR)
Hostels along the route of La Bestia provide a brief respite form an arduous journey. (Photo: IWPR)
Wednesday, 24 February, 2016

Juan Orlando, Hondureño de 35 años de edad, se sienta bajo el sol caliente de media mañana afuera de un albergue para migrantes, junto a las vías del tren en el municipio mexicano de Huehuetoca.

Con él hay docenas de hombres y mujeres, también esperando un tren que los lleve a una tierra de oportunidades. La Bestia es el nombre dado a los trenes de carga que cruzan todo México, y cada año miles de centroamericanos arriesgan sus vidas tratando de llegar a Estados Unidos.

La Casa del Migrante San Juan Diego, a cargo de la diócesis de Cuautitlán, es solo uno de los muchos refugios a lo largo de la ruta de La Bestia. Las personas migrantes pueden encontrar agua, comida, una cama para pasar la noche, y tal vez una manta y un par de zapatos para el resto del viaje.

En la entrada, un letrero da la bienvenida a "los hermanos migrantes" y anuncia que la iglesia católica de la localidad les ofrece "descanso, alimentos, ropa, atención médica y baño."

"Si necesita asesoramiento legal, con gusto te lo brindamos," el mensaje continúa, concluyendo, "No estás solo, Cristo camina contigo."

Orlando dice que se ha embarcado en este peligroso viaje tres veces. Esta vez, cuenta, nada ni nadie le impedirá alcanzar su meta. 

Tenía 23 años cuando hizo su primer intento, acompañado de su esposa. Caminaron la mayor parte del camino a través de Guatemala, pero decidieron esperar a la Bestia cuando llegaron a Tapachula, en la frontera sur de México.

"Nos montamos en la Bestia durante varias horas. Al caer la noche, el sueño nos alcanzó. Nos despertamos varias veces con un sobresalto, pensando que estábamos cayendo al vacío," dijo Orlando.

En un punto, cerca de la mañana, el tren se detuvo y subieron varias personas. Orlando se despertó asustado otra vez, escuchando a un hombre exigiéndole dinero. Era un miembro del cártel de los Zetas, el grupo de drogas que controla las rutas que los migrantes toman a EE.UU.

"Le dije que solo tenía 50 pesos [mexicanos] conmigo," dijo Orlando. "El hombre parecía molesto y me dijo que el permiso para que los dos pudiéramos continuar en el tren costaba 200 pesos."

Ante esta advertencia, Orlando le dijo que se bajarían inmediatamente. El tren corre a unos 50 kilómetros por hora y él saltó del tren primero, esperando que su esposa lo siguiera.

Cuando Orlando empezó a levantarse, sintió un cuerpo caer pesadamente a su lado.

"El cobarde había aventado a mi esposa del tren," dijo.

Para su terror, vio que una estaca de madera había perforado un lado del cuerpo de su esposa cuando aterrizó. La sangre fluía de su cuerpo y ella permanecía en el suelo, inmóvil.

Orlando se arrastró por unos metros. El sol estaba saliendo y en la distancia vio un coche con el logotipo del Grupo Beta del Instituto Nacional de Migración (INM), la organización encargada de las personas migrantes. Gritó para pedir ayuda y llamaron a un helicóptero para transportar a la esposa de Orlando al hospital, salvando su vida.

Cientos de migrantes sufren accidentes mientras viajan en tren alrededor del país.

De acuerdo con el INM y el Comité Internacional de la Cruz Roja en México, entre 2002 y 2014, al menos 476 migrantes sufrieron mutilaciones al caerse de La Bestia. 

Capturado por secuestradores

Siete años más tarde, Orlando decidió intentar el viaje de nuevo, esta vez por su cuenta.

Se las arregló para llegar a salvo hasta la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo, en el estado de Tamaulipas, en el noreste de México. Sin embargo, aquí enfrentó una de las mayores amenazas que los migrantes encuentran en el camino - secuestro.

Orlando fue secuestrado y llevado a una casa de seguridad, utilizada por grupos del crimen organizado donde los prisioneros son llevados hasta que se pague un rescate. Este es un gran negocio para los carteles; el INM registró 682 casos de secuestro en 2014.

"Había un prisionero en cada habitación," recordó. "Me di cuenta porque podía oírlos llorar o quejarse por la noche."

Sus captores exigieron la enorme suma de 10,000 dólares estadounidenses por la liberación de Orlando. Para que no hubiera dudas sobre lo que sucedería si sus amigos y familiares no pagaban el rescate, los secuestradores le cortaron la primera falange del dedo meñique de la mano derecha.

Orlando muestra su mano mutilada como si se tratara de una herida de guerra.

"Me retuvieron durante cuatro meses. Solo me dieron frijoles para comer, para que no les costara nada," dijo.

Fue en el último mes cuando sus captores tuvieron la idea de contactarlo con su familia y amigos a través de Facebook para que pudieran recoger el dinero.

"Gracias a Dios unos amigos dominicanos respondieron a la llamada; entre todos, poco a poco, juntaron lo que se exigía," dijo Orlando. Fue puesto en libertad después del pago.

Para su tercer intento, Orlando decidió tomar la ruta más tortuosa a los EE.UU. a través de Sonora, en el noroeste de México.

"El viaje es más largo, pero es más seguro," Los Zetas, explicó Orlando, operan en el lado noreste de México.

Esta vez, dijo Orlando, se siente más seguro. Ahora tiene la experiencia de su lado.

Compasión por los necesitados

Más al sur, en Apaxco, otro albergue también está hospedando a un grupo de hondureños.

El pequeño templo bautista tiene la cita de Mateo el Apóstol, "Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones" pintada en su pared.

La docena de hombres y mujeres acaban de tener el almuerzo y descansan sobre unos bancos.

Alberto se fue en abril, escapando de la pobreza y las pandillas que amenazan a su familia y trataron de reclutarlo para el tráfico de drogas. Ya se ha desgastado dos pares de zapatos caminando la mayor parte del recorrido. Su meta es llegar a Los Ángeles, donde solía trabajar, y piensa que llegará en menos de un mes.

Las instalaciones son modestas. En la sala principal hay una mesa para seis personas y un estante que contiene un poco de arroz y frijoles. Escondidos detrás de unas cortinas hay colchones y mantas para los que quieran pasar la noche.

Mario, el pastor, está lleno de compasión por aquellos que buscan una vida mejor en los Estados Unidos. Cuando sus feligreses se quejaron de la presencia continua de migrantes en el templo, les dijo que si querían podían colocar un letrero en la puerta advirtiendo a los migrantes que no eran bienvenidos. En ese caso, sin embargo, el propio Mario sería la primera persona en retirarse. Nadie se quejó de nuevo.

“Aquí, se les pide sólo quedarse un día para que haya espacio para la gente que viene después," explicó Mario. Sin embargo, acepta que a veces la gente se queda más tiempo porque no están seguros de si pueden continuar con su peligroso viaje, agregando: "No los animamos a que continúen, porque sabemos que esta duda ha sido plantada en sus corazones por Dios."

 

Andy S. A. y Ernesto G. son periodistas cubanos.

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